Atacama, tiene llanos extensos y arenales como cualquier desierto. Sobre estas inmensas planicies pasa un camino, llamado el Inca. Sobre estos habitantes que conquistaron Chile hasta Talca y que nuestra región sometieron a Diaguitas, Molles; se cuentan muchas leyendas.
A los costados del camino del Inca se construían unos tambos o pircas circulares que eran lugares de reposo o descanso del chasqui.
En éste escenario circular se levantaban que rucos y también las “huairas”, hornos para fundir metales.
La leyenda cuenta que existe un gran Tejo de Oro brillante y que sobre él bailaban 100 indios envueltos en rayos luminosos y destellos de enceguecedora luz del sol.
Los minero de la Mina Dulcinea que observaron el fenómenos desde las alturas; nos cuentan que al frente, en ese paisaje inmenso de arenales del cerro “él Medanoso”, brilla sobre la blanca sílice, un gran circulo de fuego y en su interior bailarines contorneados sus luminosos cuerpos que se van apagando como un espejismo maravilloso a medida que el sol se esconde detrás de las montañas.
Quién me contó esta leyenda fue el minero Antonio Aguilar, cateador consumados de los arenales detrás del cerro el plomo. Cada domingo salía con su hermano “el sordo” a cazar viscachas y según ellos a visitar su crianza de chinchillas en el sector del agua de las chinchillas. Una jauría de perros,”guanqueros” y hambrientos los acompañaban. Según ellos, buscaban un gran tejo de oro fundido en el desierto y donde los Incas le rendían tributo al padre sol.
Po mucho tiempo, se habla de una gran tolla o tambo de piedra circular, recubierto de piedra caliza y su enchape superior de oro, donde bailan 100 o más indígenas.
Los grandes arenales que viajan desde la costa y vuelven a la costa en su extenso peregrinar. Todo lo cubren las montañas de colores, los cerros verdes de cobre, los rojos y amarillos de oro, los morados de plata.
Antojo me contaba, que un día en el agua de las Chinchillas, donde armó sus “monos” en una “pirca” circular o “tambillo” de las incas (tipo de habitación que él no tenía porque saber su nombre); escuchó cientos de voces, cantos, gritos, instrumentos musicales. Se levantó lentamente, prendió su lámpara de carburo y enfocó su reluciente pantalla de bronce hacia todos los sectores y no vio nada; pero el canto, el ruido, las voces lo acompañaron hasta que lo venció el sueño, después de una larga tirá de pata por el desierto.